Carlo Magno Chinchay Cruz, de 30 años, es el emperador de una parcela ubicada en el caserío San Francisco de Asís, en Cajamarca. Es delgado, de un metro sesenta y uno de estatura, siempre que está en el campo anda en botas de jebe y en su casa se las arregla con un par de sandalias. La historia de cómo Carlo Magno empezó a revalorar su tierra se inició hace un año y medio.
En la hectárea que él recibió por herencia paterna solo crecían frutos como la yuca, la vituca (un tubérculo parecido al camote) y el café. Estimar que ahí nacerían árboles maderables era una utopía, una idea desventurada imposible de llevar al campo de la razón. Carlo Magno no sabía qué hacer cuando una plaga de insectos o parásitos atacaba los confines de sus plantaciones. Mucho menos sentía la necesidad de reforestar, tampoco sabía que el árbol de laurel hace sombra a los cafetales y que así se consigue un producto de primera calidad. La tecnología agrícola le era ajena a este huancabambino que tiene una casa de adobe de solo un cuarto, ahí vive junto a su esposa y a sus cuatro niños.
"Mi vida ha cambiado mucho desde que recibí las capacitaciones de los ingenieros que vinieron a buscarme, ellos me enseñaron a plantar árboles, me compartieron una fórmula para preparar bioles (fertilizantes orgánicos), me enseñaron a pensar a largo plazo", cuenta Carlo Magno, mientras señala los laureles que crecen en su parcela. Este hombre comercializaba el café que producía la tierra que administra, pero su producción, por ser muy limitada, no le significaba muchas divisas. La pobreza lo asolaba y la esperanza de mejora se alejaba mientras observaba –de eso en el 2006- como su parcela se hundía en el olvido.
En la actualidad es otra la cara de su huerto. Carlo Magno ha sembrado 1111 plantones en su hectárea, con la ayuda de su esposa Juana y tres de sus amigos, a quienes les paga un jornal de 15 soles al día. Casi todos los árboles plantados son laureles, una especie que produce madera en 12 años y cuyas ramas generan la sombra necesaria que necesita el café. "He aprendido a pensar a futuro. Cualquiera que me ve trabajando la tierra, diría que estoy loco. ¡Mucho tiempo se demora en crecer tu árbol!, me dicen mis paisanos. Es que ellos aún no entienden que es necesario reforestar gradualmente, así se puede aprovechar la materia prima y a la vez conservar el ecosistema. No fue fácil entender la importancia de la reforestación, pero cada vez que observo mi parcela agroforestal me lleno de orgullo, me siento otra persona", dice Carlo Magno, quien reconoce que gran parte de las 80 familias del caserío San Francisco de Asís tienen deseos de sembrar árboles.
Poco a poco, esta comunidad cajamarquina se inclina por la conservación del ecosistema. “Los ingenieros de Soluciones Prácticas- ITDG me han ayudado mucho, hasta aquí han llegado para enseñarnos a plantar. Luego me regalaron tubetes para poder sembrar las semillas de los laureles. Me dijeron como cuidar los plantones. Antes plantaba muy cerca los arbolitos y por eso se atrofiaban. Ahora hasta tengo un módulo de fumigar, tijeras de podar, sé preparar bioles orgánicos para fertilizar la tierra”, sonríe y luego atiende al teléfono. Su celular ha vibrado, es uno de los compradores de café. Carlos Magno le dice a su socio que cinco quintales salen a fin de mes.
“Bueno es hora del almuerzo, vamos a mi casa”, exclama Carlo Magno con voz atiplada. La mesa está servida en su hogar a unos metros de la parcela. Su esposa Juana ha preparado sopa de fideos y de plato de fondo un trozo de cabrito con yuca y arroz. Es imposible decirles a estos campesinos “No, muchas gracias. Vinimos comiendo de la ciudad”. Y es que ellos practican la amabilidad y la camaradería por naturaleza. En medio de sus limitaciones económicas, un plato de comida siempre estará presto para la visita. Así es la vida en el ande peruano, quien llega tiene que servirse sin reparos. En esta oportunidad, almorzar junto a Carlo Magno y su familia es un placer y además es una lección de vida. Su casa es un cuarto de casi treinta metros cuadrados. Ahí, en el mismo espacio, se encuentran dos camas, una pequeña cocina, una mesa rectangular y dos bancas de madera. Hay pobreza, eso es innegable, pero las ganas de sobresalir pueden más en Carlo Magno, quien hace gala de su nombre de emperador. Él quiere conquistar nuevas tierras, anhela abrazar el progreso. Lentamente, mientras crecen los laureles también crecerá su poder adquisitivo. Carlo Magno ha aprendido a esperar.
Pronto será un microempresario fructífero. “Lo más bonito es que no solo yo me estoy beneficiando, mis amigos de San Francisco de Asís también administran una parcela comunitaria. Esta muy bella y además la comunidad está unida y eso es bueno para todos”, cuenta Carlo Magno, quien planea registrar su hectárea en el Instituto de Recursos Naturales (INRENA). En efecto, 35 campesinos de Cajamarca han comprado una hectárea de tierra a dos mil nuevos soles, ahí han plantado 1200 árboles de laurel y 200 plantaciones de cedro y eucalipto. Todos, ordenados por turnos de trabajo, se encargar de la siembra. Cada uno tendrá una parte, de acuerdo a lo que ha trabajado y al dinero que ha invertido. La idea es comprar más terrenos con el correr de los meses.
“Nos han capacitado y por eso sabemos trabajar en orden. Estamos aplicando técnicas de riego, preparamos nuestros fertilizantes. Pero lo más importante es que estamos conservando el ecosistema con el sembrado de árboles. Aquí los amigos están muy entusiasmados”, dice Catalino Chanta Neyra, un hombre de 57 años que ha liderado este éxodo: de las plantaciones tradicionales a la parcela agroforestal.
Don Cata, así lo llaman en la comunidad, apuesta por el cambio. Sabe que es posible que el verdor del caserío cada vez se torne más intenso. Y es que los campesinos están dispuestos a sembrar y sembrar, en una actitud que se mantenga en el tiempo.
